determinismo

El determinismo pretende mostrar que los sucesos históricos a gran escala no pueden salirse de un curso específico que apunta en un sentido igualmente específico: el Imperio Romano había de disolverse, la sociedad industrial había de nacer en Inglaterra, el Imperio Chino había de anquilosarse. Estos hechos obedecen a causas, e investigar estas causas necesarias podría incluso proporcionarnos enseñanzas prácticas a la hora de afrontar un futuro que se regirá igualmente por causas necesarias. Aquí no se pretende negar cierto determinismo. Muy al contrario, la doctrina nazi estaba condenada, como el comunismo soviético, a acabar siendo barrida del curso histórico (aunque recordemos que la debacle del comunismo soviético al final del siglo XX no fue prevista por nadie) y todo parece indicar que sí existe un curso de desarrollo histórico que apunta a la instauración gradual de mayores controles de la violencia social que permitan una cooperación humana más eficiente para el beneficio del mayor número posible de individuos. Evidentemente, la ideología nazi cumplía estos requisitos todavía menos que el marxismo soviético ya que, al basarse en una doctrina racial, la mayor parte de la humanidad habría debido de verse necesariamente perjudicada por el dominio de la supuesta raza superior. Pero donde el determinismo histórico sí se equivoca lastimosamente es en el tratamiento mítico dado a la Segunda Guerra Mundial con posterioridad a 1945. No solo en obras de ficción escritas o audiovisuales, sino también en libros de historia, se nos muestra el resultado final de la guerra –la dramática derrota de Hitler y sus aliados japoneses- como una especie de western, donde los buenos derrotan a los malos gracias a su habilidad con las armas. Es como si pretendiesen tranquilizarnos demostrándonos que los malvados, por serlo tanto, están incapacitados para ganar las guerras. Se nos pretende convencer de esto arguyendo complicados razonamientos sobre economía, política u organización administrativa. Esto es absurdo. Hitler pudo ganar. Pudo ganar incluso cuando ya estaba en guerra, a la vez, contra la Unión Soviética, los Estados Unidos y el Imperio Británico, y, de hecho, es sorprendente que no ganara. Una sociedad totalitaria y militarista como la de la Alemania nazi poseía los medios suficientes para alcanzar ese triunfo y, si no fue así, se debió única y exclusivamente a la pura casualidad de que un solo hombre no tomó en un determinado momento una sola y lógica decisión; esta decisión habría sido de tipo meramente militar, estratégico, en absoluto afectada por la ideología ni por las condiciones económicas y sociales. El nazismo, por supuesto, hubiera acabado fracasando, pero no tal como sucedió en realidad, al cabo de una especie de gran espectáculo bélico en el cual los justos vencieron a los malvados. El bien se impone al mal, sí, muy probablemente, pero la guerra es un terreno para el cual el mal, a veces, está mejor cualificado. Es un hecho que, de todas formas, fue la Unión Soviética, un régimen tan totalitario y casi tan maligno como el III Reich, quien acabó derrotando a la Alemania nazi (y aquí no es el lugar para discutir si hubieran podido hacerlo sin ayuda). El relato que extensamente se presenta en este espacio comienza, pues, con la toma por Hitler de una sola decisión concerniente a una determinada iniciativa estratégica de tipo militar (esencialmente, cerrar el Mediterráneo con el fin de que la flota italiana entre en el Mar Negro). Es conveniente seguir el relato desde el principio con ayuda del Índice, y para su comprensión más exacta es preciso informarse lo mejor posible acerca de los sucesos de la historia militar de la guerra. Se acompañan los episodios de una Cronología, donde se diferencia lo real de lo ficticio, y se aportan algunos links útiles (la Wikipedia es muy completa y contiene pocos errores). La historia militar abarca cuestiones sociales, políticas y económicas (incluso geográficas), así que puede resultar también instructivo en muchos otros aspectos. Cuenta, asimismo, con un componente lúdico… y este mismo componente lúdico conlleva las correspondientes implicaciones psicológicas y sociales.

martes, 4 de marzo de 2014

8. Francia en la guerra

  El 15 de junio de 1942 por la mañana, llega el ultimátum del Eje a Vichy para que los franceses cedan al protectorado español una franja limítrofe de territorio marroquí que incluye la ciudad de Fez, lo cual pone en un terrible aprieto al embajador alemán en Francia, Otto Abetz. Abetz lleva desde el verano de 1940 tratando de convencer a Petain y a su gobierno de que Francia debe incorporarse al Eje. Sin embargo, por considerarlo demasiado partidario de los franceses, Hitler no ha informado al embajador de su acuerdo con España hasta el último momento. Ahora se le da la oportunidad de que aproveche las nuevas circunstancias (derrota británica en Egipto, entrada de España en la guerra, cierre del Mediterráneo) para lograr por fin que los franceses firmen una alianza con Alemania... por supuesto, en los términos más favorables posible para Alemania.


                           África Nor-Occidental y el protectorado francés en Marruecos



  A Abetz no le faltan partidarios en Vichy: especialmente Pierre Laval, el primer ministro del anciano mariscal Petain, y también el almirante Darlan, el máximo responsable de las fuerzas armadas francesas, pero sus peores enemigos son precisamente los generales que gobiernan las colonias que todavía conservan los petainistas (buena parte de ellas, para junio de 1942, han sido ya invadidas por los británicos y sus aliados gaullistas). Durante los días 15 y 16 de junio de 1942, los días del ultimátum, Abetz trata de que Petain ejerza toda su autoridad sobre los generales del norte de África, especialmente Nogues, el hombre fuerte en Marruecos. Le recuerda a los hombres de Vichy que esa pequeña cesión territorial será compensada con territorios del África negra que los alemanes arrebatarán a los británicos y que cederán a franceses, españoles e italianos, de acuerdo con sus reclamaciones, exigencias y merecimientos. Incluso se mencionan Gambia y la Costa de Oro como compensaciones concretas para Francia a cambio de la pequeña cesión en Marruecos que reclama "el honor de España". Al fin y al cabo, los franceses ya habían tolerado la cesión "de facto" de la ciudad internacional de Tánger a los españoles en junio de 1940. Considerando el cambio espectacular de la situación española en la escena internacional, la ocupación de la franja de Fez y la zona al norte del río Sebou parece poca cosa.


El reparto original del protectorado de Marruecos en 1902 incluía la franja de color verde claro en el mapa. España siempre reclamó recuperar esta demarcación en lugar de la más restrictiva acordada más tarde, en 1912. La ciudad de Fez quedaría incluida en la demarcación española más ventajosa.



  Finalmente, Nogues cede, y al amanecer del día 17 los españoles ocupan Fez y las comarcas del norte de Marruecos que desde hacía tiempo reclamaban, un territorio todavía bastante pequeño comparado con el resto de posesiones francesas en el Norte de África, si bien tal circunstancia no atenúa gran cosa el disgusto del gobierno de Vichy por la abusiva intimidación. Tampoco hace desaparecer el peligro de que Nogues decida cambiar de bando y pasarse a los aliados. Aunque el Mediterráneo está cerrado, el gran puerto de Casablanca está abierto al Atlántico.



  El anciano mariscal Petain, autoritario gobernante de Francia a partir de junio de 1940, siempre dudoso de hasta donde llevar su colaboración con los vencedores alemanes.


  Por otra parte, el día 20 de junio de 1942, el mariscal Petain queda impresionado por la entrada de la flota italiana en el Mar Negro: los turcos también se han doblegado a la presión alemana al dejar pasar la flota por los Dardanelos en contra de lo que establecen los acuerdos internacionales (y los egipcios acaban de adherirse al Eje, poco después que los españoles). Quizá sea éste el momento para tomar la gran decisión.

   El Mediterráneo está cerrado, y los cien mil soldados franceses del Ejército del Armisticio, estacionados en la zona mediterránea de Francia, ahora no están defendiendo nada (aparte de una improbable invasión española o italiana), mientras que la fuerza de Alemania ha crecido enormemente y, como explica el almirante Darlan a su Presidente, el dominio del Mar Negro dará a los alemanes la segura victoria sobre los rusos en las zonas de mayor interés económico de la Unión Soviética. Los alemanes están ganando. Poco importa la fortaleza económica de los Estados Unidos: no llegarán a desplegarse a tiempo (en la guerra anterior tardaron más de un año en hacer una contribución apreciable... y entonces no tenían que enfrentarse a otra guerra en el otro extremo del mundo, como les sucede ahora en el Pacífico), los rusos pueden estar acabados a finales de año, y los británicos no se podrán reponer del desastre de Egipto y el cierre del Mediterráneo, aparte del peligro que también representan los japoneses para las posesiones asiáticas del Imperio Británico: el nuevo aliado de Hitler está terminando la conquista de Birmania y llegando a las puertas de la India. Los japoneses también acaban de quitarle a los norteamericanos las islas Aleutianas, que son territorio estadounidense muy cerca de Alaska. Y nadie puede confirmar la realidad de lo sucedido en cuanto a una supuesta gran victoria naval que ambos bandos se atribuyen en el centro del Pacífico.

  Existe también otro peligro para los intereses de Francia: las simpatías de Hitler por el nacionalismo musulmán. En Egipto es considerado un libertador y, sin duda, está dispuesto a hacer concesiones a los turcos y a otros pueblos de la misma índole, cuya colaboración le vendrá muy bien para conquistar el Cáucaso y Próximo Oriente. No le resultaría difícil al Führer promover una rebelión musulmana contra Francia en el Norte de África.



  Dos de los primeros ministros (en sucesivos mandatos) de la Francia de Vichy: Pierre Laval y el almirante Darlan (máxima autoridad militar efectiva después del mariscal Petain)


   El 22 de junio, por fin, el mariscal Petain recibe a Otto Abetz en presencia de Laval y Darlan. Sobre la mesa está la nueva propuesta de incorporación de Francia al Eje. No muy diferente a la que ya se hizo a primeros de año y que Hitler no aceptó. En aquel momento, los franceses consideraron que el avance de la ofensiva británica contra Rommel en Libia (que amenazaba incluso el Túnez francés) haría que los alemanes apreciaran más la oferta francesa. En realidad, fue al revés: Hitler no quiso demostrar debilidad aceptando las condiciones que le ofrecían los franceses.

  Ahora es diferente porque Alemania es más fuerte que nunca. Puede aceptar o rechazar la oferta francesa a capricho. Puede rechazarla para no molestar a italianos y españoles que sin duda ambicionan más territorios franceses. Puede rechazarla porque seguirá desconfiando de Francia. Puede rechazarla porque la guerra es probable que la gane Hitler en seis meses, cuando se apodere del petróleo del Cáucaso, y Rommel cruce el canal de Suez y llegue al Golfo Pérsico.

  Sin embargo, Otto Abetz asegura a Petain que Hitler no rechazará ahora las condiciones francesas: no si es una oferta generosa y sincera. Y a Hitler le interesa que exista rivalidad “deportiva” entre Francia, Italia y España. Además, una Francia en el Eje puede ser el interlocutor apropiado para una negociación futura entre el III Reich y los Estados Unidos, porque serán estas dos potencias, sin duda, quienes se repartirán el mundo cuando acabe el conflicto. Más aún: Abetz ha sido informado (en este momento está teniendo lugar la conferencia en el Palacio Pitti de Florencia entre Hitler, Franco y Mussolini) de que España e Italia van a recibir materias primas gratuitas de los tesoros a conquistar en el Mar Negro (trigo, carbón y petróleo). Gratuito o no, Francia también necesita, cuando menos, el petróleo del Cáucaso que ahora se transportará por el Mediterráneo, ya pacificado, a modo de gran ruta comercial. Y Francia tiene mucho que ofrecer a los desafíos que le esperan a una Europa victoriosa dominada por Alemania, sobre todo a nivel económico. La industria de Francia, sus fábricas, sus técnicos y obreros especializados...

  Laval y Petain piensan que Francia no debe de momento declarar la guerra a los Estados Unidos. Si la función de Francia sería servir de puente entre Europa y América, habría de evitarse la beligerancia con ellos. Y no puede desdeñarse conseguir algún envío más de ayuda alimentaria de los norteamericanos, en tanto que se sigan manteniendo relaciones diplomáticas entre ambos países. En lo posible, y por las mismas razones, debe excluirse la declaración de guerra a los británicos. Por lo tanto, no convendría la adhesión al Eje propiamente dicha que el pueblo francés tampoco iba a aceptar de buen grado. Pero Francia sí puede declarar la guerra a los soviéticos. Incluso puede organizar una fuerza de voluntarios a nivel oficial, una fuerza mejor y más numerosa que la hasta aquel momento casi inoperante LVF (un regimiento de infantería formado por voluntarios franceses anticomunistas que ya se encuentra en Rusia).

  En cuanto a Alsacia, se deja la puerta abierta a algún tipo de solución futura, una vez finalizada la guerra, por el estilo de cómo se resolvió la cuestión del Tirol italiano entre Hitler y Mussolini. Pero eso dependerá de los méritos que los alemanes encuentren en la colaboración francesa. En todo caso, lo más importante es conservar el imperio colonial, aunque se cambien algunos límites.

    Declaración de guerra a la URSS, envío de una división de voluntarios franceses al frente del Este, movilización de treinta divisiones de reclutas franceses (todos jóvenes, que por edad no hubieran combatido en 1940 contra los alemanes: el Ejército de tierra resultante sería una tercera parte del que se movilizó entonces) y plena cooperación económica con el Eje: esto es lo que se ofrece. Este plan obtiene la adhesión de la inmensa mayoría de los altos mandos del Ejército francés... incluso de Henri Giraud, que permanece escondido bajo la protección del gobierno francés, tras su espectacular fuga de la prisión alemana -en poco tiempo, Giraud tomará altas responsabilidades efectivas en el nuevo Ejército nacional-.

  Por supuesto, los prisioneros volverán inmediatamente a Francia y el secretario de industria francés, Bichelonne, tendrá que organizar con los alemanes una cooperación eficiente en todos los aspectos, incluido el de la industria militar. De esa forma se enmascararía el pago de reparaciones de guerra.

  El día 25 de junio, Abetz llega ante Hitler. Éste acaba de regresar de Florencia, donde ha solemnizado la adhesión de España al Eje. Le acompaña Rommel, el conquistador de Egipto y el Mediterráneo. El Führer está tan contento con su flamante mariscal que le pide que asista al encuentro con Otto Abetz. "¿Debo aceptar la oferta del mariscal Petain, mariscal Rommel?"

  Rommel, siempre tan caballeroso con los vencidos, aunque muy ignorante en política, afirma que sí: que “"los franceses de De Gaulle se comportaron como muy buenos soldados en la batalla de Gazala", y que "sería bueno tenerlos al lado de Alemania".”

  Hitler despide cortésmente a Abetz y le pide un par de días para hacer consultas. Goering y Speer se entusiasman ante la idea: la adhesión de Francia al Eje será un golpe espectacular más. Speer le recuerda a Hitler que la guerra no está ganada aún: mil bombarderos británicos acaban de lanzar un terrible ataque contra Bremen, y no es seguro que la guerra acabe en 1942. Si por fortuna es así, el Tratado de Paz con Francia no estorbará. Si por desgracia no es así, la alianza con Francia será valiosa para ganarla finalmente más adelante, sobre todo debido a la gran capacidad económica francesa. Hitler no necesita que se le recuerde que en noviembre pasado, antes del estado de guerra entre Alemania y Estados Unidos, el antecesor de Speer al frente de la economía alemana, Todt, de acuerdo con el resto de jerarcas de la industria nazi, ya le había comunicado su convicción de que la guerra no podía ser ganada militarmente debido a la superioridad industrial del enemigo. Claro que en aquel momento el Mediterráneo no estaba cerrado y la flota italiana no había entrado en el Mar Negro…

  Speer también apunta que, si bien es muy partidario del acuerdo con Francia, por lo menos trescientos mil trabajadores agrícolas franceses (parte de los que en este momento son prisioneros de guerra) es preciso que se queden en los campos de Alemania hasta octubre, cuando finalizará la cosecha (se les compensaría económicamente, por supuesto, y se los establecería en las regiones alemanas más próximas a Francia, para que los visiten sus familiares, si lo desean). Si Petain acepta esta condición…...

  Abetz regresa a Vichy el día 29. Petain acepta esa única condición: hará un llamamiento personal a los prisioneros franceses que están empleados en la agricultura alemana para que acepten permanecer unos meses más en sus puestos de trabajo como asalariados (y les aplicará severas sanciones si rechazan el trato). Todo está listo, pues, y que sea lo antes posible. Pierre Laval se desplaza a París donde le espera Hermann Goering. El día 1 de julio se firma el Tratado de Paz, Defensa y Cooperación entre Francia y el III Reich, que no es exactamente una adhesión al Eje. Deliberadamente, la prensa no le da especial relevancia ni en Francia ni en Alemania. Lo que sí acapara las portadas de los diarios franceses es el retorno inmediato de casi todos los prisioneros.

    El día 2 de julio de 1942, el mundo conoce la declaración de guerra de Francia a la Unión Soviética y el fin de la partición de Francia en dos zonas (“libre” y “de ocupación”). Las veinte divisiones alemanas que ocupan el sector atlántico francés ahora son tropas amigas invitadas que se marcharán una vez Francia haya desarrollado su propio Ejército de defensa costera (algo que requerirá entre uno y dos años…). Petain abandona Vichy para instalarse en Paris.

  La noticia sorprende a Churchill recién retornado de una visita a Washington y, de común acuerdo con Roosevelt, el primer ministro ordena que se bombardee Paris de la misma forma que las ciudades alemanas. En el fondo, esperan la declaración de guerra francesa que, sin embargo, no se producirá aún. Y, desde luego, Roosevelt ha autorizado el bombardeo de represalia, pero no una declaración de guerra de los Estados Unidos a Francia. Por otra parte, los dos modernos acorazados franceses estacionados en el Atlántico (el "Richelieu", en Dakar, y el "Jean Bart", en Casablanca) deben ser localizados y hundidos a toda costa.

   En general, la opinión pública francesa recibe bien el acuerdo. La entrada de España y Egipto en la guerra, el cierre del Mediterráneo, la derrota británica en Egipto y la espectacular entrada de la flota italiana en el Mar Negro (el día 6 de julio se conoce el hundimiento por las fuerzas del Eje del único acorazado soviético en este mar) hacen pensar que el mariscal ha conseguido un buen acuerdo poniéndose a tiempo del lado de los vencedores. Todos los prisioneros son puestos en libertad (excepto los trescientos mil trabajadores agrícolas, a quienes se intimida a que permanezcan unos meses más voluntariamente hasta el fin de la cosecha) y Francia va a reconstruir unas fuerzas armadas de aproximadamente un tercio de las que tenía en 1940. Y pronto se ve que no van a faltar voluntarios para luchar en Rusia.

  A primeros de julio, los acorazados “Jean Bart” y “Richelieu”, que se mantenían en la costa atlántica, logran entrar en el Mediterráneo, en parte porque son auxiliados por los buques y aviones alemanes al producirse algunos intentos británicos de ataque. Pocos días después, la flota francesa al mando del almirante Godfroy, que llevaba dos años retenida en Alejandría por los británicos, llega también al puerto de Toulon, donde será reequipada. El almirante Darlan quiere poner a punto la Marina francesa, que cree que puede ser una buena baza negociadora. También hay que organizar las treinta divisiones del nuevo ejército metropolitano, así como un nuevo ejército colonial, al que se quiere incorporar mercenarios de otras naciones (el tipo de hombres que no se alistarían tan de grado como voluntarios extranjeros dentro del ejército alemán) y, por supuesto, unas fuerzas aéreas modernas y divisiones blindadas equiparables a las alemanas. Hay mucho que hacer, y para ello parece darse el suficiente entusiasmo en algunos sectores importantes de la sociedad francesa: industriales, financieros, militares, altos funcionarios. Incluso la masa de la opinión pública francesa conservadora parece estar saliendo de la apatía. Son muchos, no solo Darlan y Laval, los que piensan que, si los franceses no pierden el ánimo, pueden aprovechar esta ocasión para salir bien parados de la guerra.

  De momento, el 20 de julio de 1942 el antiguo “Ejército del Armisticio”, unos cien mil hombres que se encontraban en el antiguo “territorio de Vichy”, comienza a desplegarse en las posiciones de la costa atlántica francesa del sudoeste que antes ocupaba el alemán 1 Armee, cuyas tropas se van trasladando al Portugal recién invadido. Los generales franceses calculan que para fin de año podrán desplegar algunas de las primeras divisiones nuevas en el sector de Bretaña y el Loira, pero no es seguro que se pueda organizar una defensa seria en la peligrosa zona del Canal para el verano de 1943.

    En cualquier caso, todas las fábricas de armamento van a ponerse en marcha. Francia tiene que rearmarse cuanto antes. No para volver a desafiar a Alemania (eso sería una locura), pero sí para defenderse de los odiados ingleses y para demostrar a españoles e italianos que no van a dejarse intimidar por pueblos a los que los franceses consideran inferiores. El asunto divierte a Hitler, que se ha marchado ya a Ucrania para dirigir desde allí la conquista del Cáucaso.

    El anciano mariscal Petain se siente un tanto rejuvenecer ante la idea de un renacimiento de Francia: piensa en la recuperación de las colonias y en el papel de Francia en el mundo. A nivel institucional se abre el debate acerca del tipo de régimen de la Francia de la posguerra. Desde luego, nadie entre las autoridades de Vichy piensa en un régimen fascista al estilo alemán o italiano, y una dictadura militar solo tiene sentido mientras Petain, y solo Petain, esté al mando. Para después, se sugiere algún tipo de república corporativa, por el estilo de la de Salazar en Portugal. Otros abogan por la restauración de la monarquía.


                               El gran imperio francés de África Occidental en 1940


   Con los generales, Petain apoya la idea de que Francia tenga dos divisiones luchando en Rusia, y no solo una. La antigua LVF (un regimiento) debe ser expandida al tamaño de una división de infantería (la “Charlemagne”), y ésta debe ser tan eficaz, al menos, como ha demostrado serlo la división española de voluntarios. Una nueva formación francesa debe ser enviada a Rusia, pero ésta no estará formada por meros voluntarios anticomunistas, sino por soldados profesionales. Y debe ser mecanizada: los militares han de aprender las tácticas de la nueva guerra blindada en los campos de Rusia.

  A finales de julio, Hitler acepta la propuesta de que se envíe la división “Mariscal Petain” al frente ruso, y en una zona donde pueda implicarse en tareas ofensivas. Se la armará con un batiburrillo de tanques de todas clases: franceses, alemanes, italianos, y rusos y británicos capturados. En esta nueva unidad habrá dos mil oficiales y suboficiales, algunos de ellos recién salidos de los campos de prisioneros alemanes, otros tres mil serán soldados coloniales (pero entre ellos no habrá negros, para no ofender a los nazis), y todos los demás serán voluntarios o semi-voluntarios franceses, poco politizados pero bien pagados. La división saldrá hacia el Este a finales de septiembre, y Hitler la incorporará a la lucha por Stalingrado que sorprendentemente se alarga. Entrará en contacto con el enemigo a primeros de noviembre como parte de las fuerzas del 4 Panzerarmee.

  Los acuerdos económicos, mientras tanto, son complejos pero en conjunto van bien. Bichelonne, el recién nombrado ministro de industria francés dentro del nuevo gobierno de Paris, logra que Goering autorice la reconstrucción de la industria aeronáutica francesa, cuyos diseños dirige el brillante ingeniero e industrial Emile Dewoitine: es prioritario el desarrollo del arma aérea, tanto por los ataques de los aliados como por el hecho de que ésta es la más apropiada para una estrategia esencialmente defensiva, como es el caso del casi "pacifista" régimen de Petain. Los franceses producirán, además, miles de camiones y cientos de miles de toneladas de barcos que servirán para transportar todo el inmenso tráfico comercial que conectará las riquezas del Mar Negro con las naciones mediterráneas. Estos camiones y barcos requerirán del petróleo del Cáucaso, un petróleo que todavía tiene que llegar y por el que, a diferencia de italianos y españoles, los franceses tendrán que pagar. En términos generales, Bichelonne considera que los empresarios e industriales franceses sabrán ver las grandes oportunidades que se abren en la nueva Europa. El retorno de los prisioneros implica un relanzamiento de la capacidad industrial, y si se necesita mano de obra adicional no especializada, el norte de África puede proporcionarla.

  Más allá de las cuestiones industriales, se esperan mejoras en la agricultura, pero eso no es tan fácil a corto plazo, de modo que el duro racionamiento debe mantenerse. Si la guerra acaba a finales de 1942, con la derrota de Rusia y el enlace de Rommel con los japoneses en el golfo Pérsico, entonces podrá entrar de golpe todo el trigo americano de nuevo. De momento, sin embargo, Estados Unidos, a quien no le interesa en absoluto una declaración de guerra francesa, está enviando todavía algunos envíos de alimentos "humanitarios", igual que antes de la firma del tratado con Alemania (por el puerto de Casablanca).

  El que los franceses puedan esperanzarse con una posguerra en paz y en la que ya no vivan tutelados por los nunca queridos alemanes no niega la realidad: el 19 de agosto de 1942, una fuerza de desembarco aliada (compuesta en su mayoría por canadienses) desembarca en Dieppe, en la zona del Canal, para una misión de acoso y destrucción a la Nueva Francia. Los aliados no encuentran allí tropas francesas, sino alemanas, y la operación acaba en desastre, con más de la mitad de los seis mil desembarcados muertos o prisioneros. Pero Churchill no se arrepiente de haber lanzado la operación: han demostrado que no permanecen inactivos y van a seguir luchando en todo momento, en todos los escenarios.

  Ni siquiera tras el ataque de Dieppe Francia declara la guerra a los británicos... como deferencia a los Estados Unidos y a sus cargamentos humanitarios. Pero se advierte que es la última vez que Francia tolera los ataques británicos sin una respuesta definitiva. La guerra con los angloestadounidenses parece inevitable si los rusos no son derrotados antes de fin de año.

ooo

  Que se sepa, dos veces estuvo Francia a punto de aliarse con los nazis: en mayo 1941 (firma de los “protocolos de París”, nunca ratificados) y a primeros de 1942, cuando, según el historiador Philippe Burrin, Petain aceptó incluso la declaración de guerra a los Estados Unidos. En todos estos casos estaba presente la iniciativa de Otto Abetz, el embajador (o “procónsul”) de Alemania en Francia, al que Hitler consideraba demasiado pro-francés.

  El mismo Hitler hablaba de las posibilidades de colaboración con Francia en sus “conversaciones de sobremesa” especulando con posibilidades muy semejantes a las que aparecen en esta historia. El 31 de enero de 1942 (cuando Hitler rechazó la propuesta que hasta incluía la declaración de guerra a Estados Unidos) se expresó con mucha claridad: “Está excluido que pactemos con los franceses antes de haber asegurado definitivamente nuestro poderío”, lo que es tenido en cuenta para esta historia alternativa: con el Mediterráneo cerrado, Francia amenazada en el sur por las ambiciones de los españoles e italianos, los británicos derrotados en Egipto, el Mar Negro invadido y un peligroso (también peligroso para los franceses) juego nazi de simpatías promusulmanas, el poderío alemán parece más fuerte que nunca.

   En esta historia, es Albert Speer quien insiste ante Hitler para que acepte el trato por dos razones: una, política, porque un acuerdo con un régimen conservador no fascista como el petainista puede ser la base para un acuerdo futuro de paz con Estados Unidos, y otra de tipo estratégico, porque Speer y los industriales consideran que Alemania, incluso con las riquezas del Mar Negro, puede tener dificultades para ganar la guerra desde el punto de vista militar, dado el poder de la industria norteamericana, y para ello sería conveniente sacar el máximo partido a las grandes posibilidades de la industria francesa con vistas a una guerra de desgaste.

  Hitler, por otra parte, tampoco puede estar seguro, ni siquiera a finales de junio de 1942, tras sus grandes conquistas, de que va a acabar la guerra victoriosamente en Navidad. Ya parecía que había ganado en junio de 1940, con la derrota de Francia, y resultó no ser así. Y también parecía que los rusos sucumbirían en la invasión del verano de 1941, y se produjo el casi desastre de la contraofensiva soviética de invierno. Ahora no puede confiarse. El optimismo está bien, pero hay que prever todavía una guerra larga: para eso quiere el trigo, el petróleo y el carbón del Mar Negro. Y a los musulmanes. No vendrían mal tampoco los franceses. Y aunque Francia se fortalezca, españoles, italianos y alemanes nunca dejarían de amenazarla. La docilidad de los franceses parece bastante asegurada y fortalecerlos supone un riesgo muy pequeño.

  Por todos estos motivos, es razonable pensar que los franceses harían la propuesta y que los alemanes la aceptarían. Rearmar el ejército francés llevará dos años. Para entonces, las circunstancias serán diferentes. Por otra parte, las nuevas fuerzas armadas francesas, formadas por gran número de voluntarios, apenas sumarán un millón de hombres para una nación de más de cuarenta millones. En 1939 llegaron a dos millones y medio solo en el ejército de tierra desplegado en suelo francés.

  ¿Y el pueblo de Francia? Las películas y muchas novelas nos han vendido la imagen de una Francia republicana radicalmente antinazi. La realidad nos muestra que entre un tercio y la mitad de los franceses de 1942 eran profundamente conservadores, atribuían la desgracia de la derrota de 1940 al republicanismo corrupto y, desde luego, creían en el mariscal Petain. Profundamente antisemitas también, entre ellos, aunque no abundaban los amigos de Alemania (el enemigo histórico), todos odiaban a Inglaterra (aunque no a Estados Unidos). Para muchos franceses, la masacre de Mers-el-Kebir tuvo un efecto emocional similar al que Pearl Harbour tuvo para los estadounidenses.

  Con el apoyo de la mitad o incluso de solo un tercio de la población, si además se controla el ejército, la policía, la prensa, la Iglesia y el capital, un régimen autoritario no tiene problema alguno para mantenerse en el poder. Las victorias alemanas afirmarían el convencimiento de que había que seguir la “regla de oro” en las guerras internacionales: quedar siempre del lado del vencedor. 

   Para los conservadores del régimen nazi, como Speer y Goering, el tipo de gobierno petainista era también una buena opción, mejor que el fanatismo racial casi bolchevique de un Goebbels o un Himmler. Si Francia tenía éxito, y dada la calidad de su sociedad bien podía tenerlo, inclinaría el futuro III Reich victorioso en un sentido más convencional y pragmático, más alejado de la utopía nazi. En el mismo sentido lo verían la mayoría de los generales de la Wehrmacht. La buena sintonía entre el ministro de Armamento alemán Speer y el ministro de industria frances, Bichelonne, hace pensar que iban a predominar las tendencias tecnocráticas.

  A quienes no les hubiera gustado el trato con los franceses sería, lógicamente, a Franco y a Mussolini, que esperaban relegar a Francia definitivamente a país vencido y conquistado. Con todo, la victoria va a ser enorme, habrá botín para todos, y la rivalidad no podrá pasar nunca a mayores dado el poder inmenso de Hitler dentro del Eje. A Hitler puede interesarle mantener la rivalidad en un cierto equilibrio: con la conquista del Mediterráneo y la entrada de la flota italiana en el Mar Negro, Mussolini puede volverse demasiado arrogante y el trato con los franceses lo forzará a no serlo tanto. En cuanto a los españoles, la exigencia del ultimátum a Francia para que cediera la ciudad de Fez es aceptable para Hitler, pues comprende que la sociedad española que apoya el régimen franquista necesita ser convencida del lugar que España, a pesar de su debilidad económica, puede tener en la Europa del Eje. Pero humillar a los franceses demasiado tampoco es una buena idea, y el que los franceses vayan a reconstruir su ejército (aunque nunca llegará a ser ni la mitad de fuerte de lo que lo era en 1939) dejará las cosas en su sitio.

  Finalmente, el impacto a nivel internacional del Tratado de Paz con Francia no puede más que favorecer al Eje. Ya solo quedan Suiza y Suecia como estados neutrales en Europa (Portugal se encuentra bajo ocupación militar "preventiva", como Dinamarca). Las simpatías pro-Eje se expandirán en consecuencia. En Irlanda, Eamon de Valera odia a los británicos y puede seguir promoviendo la paz con Hitler entre los muchos irlandeses de origen en Estados Unidos. En Sudáfrica, el neutralismo también avanzará, sobre todo después del desastre de la pérdida de la división sudafricana en Tobruk. Los francocanadienses podrían incluso movilizarse para la secesión. Y los países latinoamericanos se acercarán todavía más a las simpatías pro-Eje: bien, como en Argentina, por la admiración al fascismo italiano, o bien por las inevitables simpatías por la España de Franco del elemento criollo y reaccionario en las naciones mestizas.

  ¿Qué posibilidades tendría un renacimiento económico de Francia? La industria depende, sobre todo, de la mano de obra especializada y de la iniciativa empresarial, y para los empresarios, las nuevas circunstancias pueden hacer pensar en nuevas oportunidades. Los obreros regresan todos de los campos de prisioneros, si bien faltan las materias primas: Francia tiene hierro y bastante carbón, pero no petróleo, aunque el Mar Negro puede ofrecer todo eso. Por otra parte, el norte de África ofrece mano de obra poco cualificada adicional y grandes reservas de fertilizantes para la agricultura.

  Militarmente, el ejército colonial francés probablemente es más valioso que todo el ejército italiano, la aviación francesa tiene grandes posibilidades en tecnología y a los oficiales franceses no les llevará mucho tiempo aprender las tácticas de la guerra blindada en el Este.

  En suma, la Francia republicana declinaría inevitablemente ante la marea reaccionaria. Muchos consideran que el régimen petainista no era exactamente fascista y sí más parecido al régimen corporativo del Portugal de Salazar, pero, en cualquier caso, la burguesía urbana y rural que apoyaba al viejo Mariscal hubiera empujado lo suficiente al nuevo régimen, siempre y cuando no hubiesen faltado las victorias militares del Eje.

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